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sábado, 19 de mayo de 2012

FREDERICA VON STADE: EL TEATRO COLÒN RECOBRA SU PRESTIGIO DE SIEMPRE por Alejandro A. Domínguez Benavides

“Pensé que no volvería a cantar nunca más en el Teatro Colón” con estas palabras el jueves último en el 5 concierto del Abono de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires transmitidas al público por su director Enrique Diemecke se despidió Federica von Stade de su público. El Gran Teatro Colón vivió una de sus noches inolvidables. Von Strade una de las mezzosopranos más importantes del mundo volvió con la frescura y la belleza de siempre venciendo al pesimismo que también me embargó en algún momento, más madura pero cuidada tan cuidada como su voz. Para esta ocasión eligió algunas canciones de “Lieder eines fahrenden Gesellen” y “Des Knaben Wunderhorn” de Gustav Mahler (1860-1911); y una deliciosa selección de “Chants d’ Auvergne” de Joseph Canteloube (1879-1957). El hilo conductor del repertorio elegido fue la melancolía la pérdida del amor como en el caso de las canciones de Mahler escritas después de su ruptura amorosa con la cantante Johanna Richter a quien dirigió en la Opera de Kasel. Las cuatro canciones tienen matices diferentes juegan entre la ironía mordaz y autodestructiva con el panteísmo del artista y el profundo dramatismo de la tercera canción o el patetismo de la cuarta. Von Strade supo sortear estas dificultades con profesionalismo y sensibilidad artística cautivando como una hechicera a un público que milagrosamente la escuchó en silencio. Para lograr este prodigio la cantante norteamericana recurriò con maestrìa a las imágenes poéticas traslandándose a un mundo donde conviven Eros y Tanatos y supo transmitir ese lirismo acompañado de una voz clara, utilizando los agudos oportunamente en alguna de ellas dando un golpe cortante filoso como “el cuchillo brillante … que tiene clavado en el pecho” el poeta de una de las canciones de Mahler. Con las obras de Canteloube utilizò el mismo criterio infalible. Las canciones pastoriles, folklóricas cantadas con picardìa algunas, con ingenuidad otras, pero no perdiendo la esencia poética. Von Stade canto poesía puso al servicio de la belleza poética la belleza de su voz donde convive un mundo de matices y de colores capaces de reinventarlo . En cuanto a la Orquesta Filarmònica de Buenos Aires en la primera parte del concierto interpretò la Obertura de la Hèbridas de Fèlix Mendelssohn Bartoldy. Un muy buen comienzo, fuerte, majestuoso. El director Arturo Diemecke pone su impronta : alegría, dinamismo y expresión que es captada por los maestros de la Orquesta. Insisto comenzar con una obra de gran vivacidad donde los instrumentos de viento tienen al comienzo una destacada importancia que luego se traslada a los violines era imprescindible para luego adentrarse a ese universo melancólico de Mahler. En la segunda parte con la misma precisión Diemecke dirigió Bacanal del acto tercero de Camille Saint Saint Saens, con ritmo y colorido destacó hasta el histrionismo los “aires de música del Oriente” que marca la partitura y por último Escalas… de Jacques Ibert un mosaico impresionista que el autor logro trasladar al pentagrama donde rescata las caràcterìstica de las ciudades de Roma, Palermo, Tunez, Nefta , Valencia. En esta última Diemecke marcò acertadamente los ritmos españoles. En esta obra logro un destacado lugar el fagot. Sin lugar a dudas una noche esplendorosa que concluyò con dos bises de von Stade: Vidalita de Alberto Willians cantada con un sentimiento que toco las fibras de la emoción y “Ah quel diner” de La Pericholl de Jacques Offenbach donde la gran mezzosoprano puso la gracia e histrionismo que viene desplegando por los escenarios de los grandes teatros del mundo. Una noche inolvidable donde las luces del teatro brillaron màs que nunca.

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