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martes, 25 de noviembre de 2014

OPINIÓN ¿Una casta universitaria? por Gemma Galdon Clavell 21 NOV 2014 publicado en El PAIS CATALUÑA


El problema no es la crisis, sino la falta de innovación, respeto, mérito y transparencia en un funcionamiento que está viciado



Se habla bastante de la grave situación de la I+D en España. De los recortes, la fuga de cerebros, de los miles de investigadores e investigadoras que después de años de formación, esfuerzo y trayectorias brillantes se ven obligados a hacer las maletas e irse. Menos se habla, no obstante, de los que se quedan. De los afortunados que consiguen seguir viviendo de su pasión investigadora y docente… ¿Afortunados?
No tanto. Las prácticas laborales de la universidad española son un secreto a voces: profesores asociados con sueldos de menos de 300 euros al mes, sistemas de colas por encima del mérito para asignar nuevos puestos (gana el paciente y el obediente) y un sistema orientado a que los de abajo hagan el trabajo de los de arriba. Prácticas, además, que se perpetúan en la impunidad más absoluta: la universidad convierte a sus víctimas en cómplices de su propia situación. Un sistema de palos concretos y zanahorias abstractas que parece servir solo para la gloria y estabilidad de unos pocos a costa del trabajo e  invisibilidad de muchos y muchas.
Lo preocupante es que muchas de estas dinámicas preceden a la austeridad. Y pueden por lo tanto sobrevivirla si no se abordan como un problema estructural. Esta misma semana investigadores e investigadoras del CSIC publicaban una propuesta de ideas para la reforma de la ciencia en España que iba más allá de los recortes para poner sobre la mesa un diagnóstico centrado en la necesidad de modernización, transparencia, gestión eficiente y autonomía de gobierno. En el documento se habla de burocracia, control político y falta de evaluación e incentivos. En el caso de las muchas universidades, a esos problemas podemos añadirle el de un opaco entramado de intereses público-privados estructurados alrededor de fundaciones universitarias.
Pero entonces, si la falta de dinero no basta para explicar la crisis actual de nuestras instituciones de enseñanza superior, ¿de qué mal estamos muriendo? Morimos, en primera instancia, de una dualidad injusta e insostenible entre el personal estable y el no estable. La universidad española a menudo perpetúa innecesariamente una gerontocracia que equipara capacidad a acumulación de años. En un momento en el que muchas convocatorias europeas de financiación quieren promover a investigadores jóvenes, en España es habitual que éstos deban renunciar a la autoría de proyectos o publicaciones en favor de personas con más antigüedad por una absurda norma no escrita. La combinación de vasallajes, inercias y miedo invisibiliza a menudo el trabajo de la generación más formada de este país y nos impide reconocer, aprovechar y promover su trabajo.
Morimos también de rigidez. Los departamentos universitarios parecen a veces reinos de taifas, más preocupados por defender sus fortines que por avanzar el conocimiento, formar al alumnado de forma innovadora o responder a los retos sociales actuales. Los muros que hemos levantado entre disciplinas dificultan la innovación y la experimentación en las nuevas fronteras del conocimiento. Cualquier persona que intente salir de su cajita disciplinar choca con un muro de dificultades (incomprensión, exclusión, soledad), sin que ninguno de los actores implicados (desde los jefes de departamento o facultad a los rectores y responsables políticos) parezca tener incentivos, poder o voluntad para cambiarlo. Los equilibrios y conflictos del reino de taifas drenan gran parte de la energía que debería orientarse a repensar el papel de la ciencia, la universidad y el conocimiento en el siglo XXI.
Morimos, también, víctimas de una estructura que parece incapaz de autoregenerarse. La universidad parece hoy el ejemplo paradigmático de la tragedia de los comunes: como es de todos, no es de nadie. Cada califa gestiona su pequeño rincón del reino, e intenta preservarlo del mundo exterior. Sin visión estratégica, sin rendición de cuentas, sin evaluación ni control, la máquina universitaria se oxida y cronifica el sálvese quien pueda. Y mientras se hunde este Titanic, la única música que se oye habla de un problema de financiación. Mientras se profundiza el abismo entre los que trabajan y los que firman el trabajo de otros, se hacen rimas con palabras vacías como excelencia y mérito.
Si el régimen del 78 ha creado en el ámbito político una casta más preocupada por atender sus intereses particulares que por representar a las mayorías, en la universidad el cortoplacismo, la autopreservación y la dualidad han creado una estructura autoreferencial, ineficiente e injusta que bloquea el potencial de un país joven y formado. El problema de la universidad, pues, no es la crisis. Lo que falta no es dinero, y menos en un país que debe emprender un replanteamiento de su modelo productivo y su estructura formativa. Lo que falta es respeto, mérito, capacidad de innovación y luz y taquígrafos sobre unos métodos y procesos que están viciados. El debate es importante porque no nos jugamos solo las condiciones de trabajo actuales de unos cuantos investigadores. Nos jugamos el sistema de producción y reproducción del conocimiento en la formación superior. Nos jugamos el tejido productivo e intelectual del futuro. Nos jugamos, en realidad, el futuro.

Gemma Galdon Clavell es doctora en Políticas Públicas.

    http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/11/21/catalunya/1416598345_378000.html, 24/11/2014.                                                                       


viernes, 29 de julio de 2011

FURIA EN LA PENUMBRA POR ENRIQUE PINTI






Están ahí, agazapados en la penumbra, interrumpiendo nuestro placer, metiéndose inoportunamente en tramas dramáticas o divertidas, en viajes espaciales en tercera dimensión, en diálogos de Ingmar Bergman o Woody Allen y en algún hermoso tango de Gardel. Están ahí llegando tarde, tropezando, riendo a destiempo, conversando de pavadas como si estuvieran en el living de su casa y masticando ruidosamente pochoclo, panchos o crocantes papas fritas. Y uno se pregunta: ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Nada, compré una entrada de cine y tengo la pretensión de ver eso que me propuse ver para entretenerme, divertirme, emocionarme o dormir plácidamente en el hipotético caso de que sea un plomazo. Pero ellos viven en otro mundo, en otra galaxia. Creen que están solos, en sus casas, bajando por Internet alguna película y compartiendo con amigos, familiares y mascotas una velada que incluye pizza, comida china o empanadas y vino. Ahí, en esa party privada, comentan la película, acotan, contestan los diálogos, se solazan reflexionando en voz alta acerca de efectos especiales o del modo en que se les notan las cirugías a las actrices con esto del HD. O pidiendo que paren la proyección porque necesitan desahogar sus vejigas y traer más cerveza. Todo lo cual está perfecto para veladas privadas, pero cuando se intenta hacer lo mismo en una sala cinematográfica la cosa se convierte en un acto agresivo de muy mala educación. Son pequeños actos de desprecio por el otro que no revisten mayor importancia en términos vitales (no se trata de cosas hechas con premeditación y alevosía ni entrañan peligro físico para el semejante, no producen la muerte de nadie y, por lo tanto, no pueden calificarse como delitos, crímenes y pecados. Muchas veces, ni siquiera como contravenciones). Simplemente son errores de conducta que molestan sólo a los locos que no vamos a cines y teatros a matar el tiempo, sino a tratar de gozar, sufrir y a veces a reflexionar acerca de nuestra naturaleza. Somos esos dinosaurios para los que una sala de cine, grande o pequeña, lujosa o modesta, es un lugar elegido libremente para ver algo que puede gustarnos mucho, poco o nada. Pero que en cualquier caso queremos tener la mínima tranquilidad como para poder evaluarlo.

Otras personas, en cambio, entran al cine para refugiarse de la lluvia, gozar de la refrigeración en bochornosas jornadas veraniegas, hacer arrumacos con su pareja o descansar entre compra y compra en algún shopping. De esos nada bueno puede esperarse. Probablemente ronquen ruidosamente, lo cual ya es bastante molesto, pero será preferible a soportar a los que han hecho del cine un lugar para comer. ¡Qué lejos están aquellos tiempos de mi infancia donde el máximo exceso gastronómico eran los caramelos! ¡O, como una orgía pantagruélica, los helados que comprábamos en los intervalos entre película y película (en aquellas maratones de los triples programas de las salas de barrio), que devorábamos en ese momento, con las luces encendidas, para que al comienzo del film ya estuvieran en nuestro estómago! En las últimas décadas han proliferado las franquicias de gaseosas, helados, golosinas, pizza, panchos con ketchup y mostaza, papas fritas y café, que parecen ser el objetivo mayor del evento. Las colas frente a los mostradores son tanto o más largas que las de la boletería. Tras demorarse en elegir, pagar, reclamar por promociones que no son válidas ese día y otros comentarios, sus integrantes llegan a la sala con varios minutos de retraso, justo cuando los estúpidos puntuales que comemos antes o después de la función estamos tratando de entender de qué va la peli. Y, claro, como ellos no pueden ver bien porque las luces se han apagado, tropiezan desparramando pochoclo y gaseosas. Cuando no logran que alguna porción de pizza se estrelle como una escarapela en nuestras solapas.

Luego siguen el scrunch, scrunch de la masticación y las tentaciones de risa aunque estén proyectando una tragedia griega.

Al final, la retirada rápida pisando nuestros pies y no dejándonos leer los créditos finales a los que todavía vamos al cine a tragar algo diferente del pochoclo. No puedo callármelo: los odio.

Domingo 24 de julio de 2011 | Publicado en edición impresa Revista LN.

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